20 may. 2009

No solo curan las medicinas.



Curar sin prescribir medicinas.
Artículo de Jordi Cervós  (Neuropatólogo).

El médico y el personal sanitario deben conocer la importancia del trato personal con el enfermo.

El Periódico de Catalunya.
Barcelona, 14/5/2007  

Para que un medicamento sea aprobado por las agencias de control que existen en los distintos países han de realizarse una serie de estudios. Se ha de haber demostrado en la experimentación con animales que no es tóxico a las dosis que se esperan emplear para el tratamiento de pacientes, que no es cancerígeno, es decir, que no puede llegar a producir cáncer y, especialmente desde mitad del siglo pasado, cuando a consecuencia de la talidomida, un medicamento contra el insomnio, nacieron muchos niños con malformaciones debido a que sus madres lo habían tomado durante el embarazo, se exige administrarlo a un gran número de ratas embarazadas y comprobar que las crías no tienen ningun defecto congénito. Después de todos estos exámenes, que llevan años de trabajo, finalmente hay que demostrar que produce los beneficios terapéuticos que se esperan obtener. Esto último solo puede probarse aplicándolo a pacientes que sufren de la enfermedad o molestias que se pretenden curar. Para ello se hacen dos grupos de pacientes: unos, que reciben el medicamento en cápsulas, inyecciones, etcétera, y otros, que reciben el mismo tipo de cápsulas, inyecciones, etcétera. pero sin que contengan el medicamento. A esto último se le llama placebo.

El uso de placebo, es decir de una sustancia que es inactiva, pero que el paciente cree que es activa y que tiene efectos curativos, ha sido una de las cuestiones que más se han discutido desde el punto de vista de la ética en la investigación médica. En efecto, parece injusto dejar a un grupo de pacientes sin administrar un medicamento que suponemos que tiene efectos beneficiosos para su enfermedad, pues, si no lo supusiéramos, no tendría ningún sentido intentar comprobarlo. Por esto está establecido en todos los códigos éticos que regulan la investigación con pacientes, que tan pronto como se manifieste claramente el efecto positivo del medicamento, se comience a administrar también a los que hasta entonces solo recibían el placebo. Está, además, establecido que la elección de pacientes que vayan a ser tratados con el medicamento o con el placebo sea completamente fortuita, es decir, que no solo los pacientes, sino tampoco el médico, no sepan a qué grupo pertenecen.

La Declaración de Helsinki exige también que cualquier nuevo medicamento debe ser comprobado frente al mejor medicamento que se conoce actualmente, para que los enfermos que no reciben el medicamento que se está experimentando, reciban por lo menos un tratamiento lo mejor posible. Sólo en los casos en que no existe ya un medicamento eficaz puede emplearse el placebo. A pesar de las controversias éticas que existen sobre el uso de placebos, la opinión general es que hay razones éticas que justifican su empleo, siempre que se salvaguarden de manera adecuada los derechos y la seguridad de los pacientes participantes.
Muy pronto se empezó a comprobar que en pacientes a los que se administraba el placebo, sin ningún medicamento, muchas veces también había una mejoría en la enfermedad. Esto ha dado lugar a que se le denomine efecto placebo. Se trata de una mejora que se observa tras un tratamiento simulado en el que, sin saberlo, el paciente se ve influido exclusivamente por el ambiente psicosocial que rodea el tratamiento, sin que haya acción de ningún medicamento. Este efecto es especialmente manifiesto en la reducción del dolor. Fue precisamente en el campo de la percepción del dolor donde, ya en 1955, se hicieron las primeras observaciones relacionadas con el poder de los placebos.

Por eso, este caso particular del efecto placebo ha sido y sigue siendo estudiado en gran número de trabajos científicos. Recientes avances que permiten observar la actividad funcional de determinadas áreas del cerebro han demostrado que los placebos son capaces de inducir tanto la liberación de dopamina, que es la sustancia que falta en los pacientes con enfermedad de Parkinson, como la activación de áreas cerebrales implicadas en la sensación de dolor y de placer. Aunque algunos de los mecanismos implicados en el efecto placebo se conocen, aún quedan muchas incógnitas. Por otra parte, existen múltiples pruebas que sugieren que el efecto placebo está determinado por la expectativa de beneficio, que determinan la activación de los mecanismos de recompensa.

Por tanto, el efecto placebo se puede producir sin la necesidad de administrar placebo alguno. Todo depende de que el paciente esté convencido de que va a mejorar con el tratamiento en cuestión. Esto depende en gran parte de la confianza que el paciente tiene en el médico o en el equipo de médicos que lo tratan. Es decir, el efecto placebo tiene una base interpersonal pues el médico debe aceptar al paciente como persona y no como un objeto de experimentación, y el paciente debe ver en el médico una persona y no solo un experto. Pero aunque el efecto placebo sea importante, no hay que exagerar y echar todas las medicinas a la basura. La mejor combinación para cualquier paciente, y también para cada uno de nosotros, es tener un buen médico y una buena medicina. Para ello, también es preciso que tanto el médico como todo el personal sanitario se den cuenta de la importancia que tiene su trato personal con el paciente.

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